Feeds:
Entradas
Comentarios

No es cierto. No me había ido. O al menos nunca estuve demasiado lejos.

Lo que ocurre es que, al igual que hay gente que tiene ataques de ansiedad, o que hay tipos que un día estallan y destrozan lo que les rodea, a mi de vez en cuando me asalta la duda vestida de sueños que, por momentos, se desvanecen entre las manos, o me hacen bajar la mirada unos ojos color avellana en la primera escaramuza de la guerra de cada día, o me apabullan las historias que me cuenta una voz trémula que se lamenta al otro lado del teléfono. Y a veces necesito poner distancia. Alejarme un millón de kilómetros y, fuera de mí, contemplar todo mi universo y relativizarlo.

Porque tengo que confesar un secreto. No soy fuerte. Al menos no en la manera en que mirando desde el otro lado del espejo percibo al tipo que la gente parece ver. No tengo la valentía de aplicarme a mi mismo mis propios consejos, mis propias respuestas. Y ante la incertidumbre tengo la mala costumbre de taparme en la cama hasta que la sábana roza mis pestañas. O a dar paseos como un zombi entre la gente, acompañado por una banda sonora llena de melodías tristes. También, si el viento sopla del lado contrario, tiendo a cerrar los garitos de madrugada, o a difuminar ciertas geografías al cálido trasluz de cuatro hielos en vaso ancho.

Lo peor es que sólo cuanto más concentrado me encuentro, asistiendo embelesado al sonido de mi propia respiración, cuando mi música se mece al ritmo de mis brazos entrelazados, es cuando vuelvo a reparar en que el cuerpo me sigue pidiendo continuar con mi vida y sólo entonces presto atención a todo lo que durante ese tiempo se me ha estado escapando. No, nunca anduve demasiado lejos. Pero en cierto modo andaba perdido, o al menos dando vueltas en un tiovivo que no me conducía a ninguna parte. Y cuando me doy cuenta de ello me siento un poco avergonzado, y me cuesta otro tanto murmurar cuatro pobres excusas y retomar esta historia en el punto en que estaba.

Aplicando lo que estudié hace ya tiempo, el principio de incertidumbre aplicado a las personas diría que cuanto más se sabe de dónde están, menos se sabe del lugar al que se dirigen. El pasado jueves llegué al final de una etapa y me quité un gran gran peso de encima. Por eso, a pesar de todo, este mes me ha servido para algunas cosas. A lo peor he perdido un poquito la pista a lo que soy, o a dónde me encuentro, pero de una vez por todas he conseguido que el futuro me provoque muchas menos dudas. Entre otras cosas ahora quiero pensar que, al menos de vez en cuando, pasará por aquí. Y que ahora mismo brilla en mis ojos como no ocurría desde hace tiempo.

Quizá porque, en estos días de dar vueltas y vueltas y vueltas sin llegar a ningún sitio, acabé dándome cuenta de que ya estaba en mis propias manos.

evol

Hace cierto tiempo de aquello, pero si me esfuerzo aún podría dibujarlo de memoria. Me refiero al entonces. Al tiempo en que era capaz de juzgar. De decir sin asomo de duda: Esto es blanco, esto es negro, esto es ciertamente malo o esto es bueno. De fijar un destino y marcar un rumbo. De perseguirlo tenazmente hasta llegar al final. Y digo que podría sacarlo de la memoria, y no niego que, de vez en cuando lo mire con cariño. Tal vez porque las cosas entonces eran considerablemente más sencillas y llevo un tiempo intentando simplificar. Intentando extraer de algún modo esas variables de la ecuación de mi vida que tienden siempre a infinito.

Y el problema es que hace mucho que dejé de tener certezas. De tener toda la razón o las razones. Que dejé de creer en aquellos que se creen capaces de trazar las líneas rectas que separan equidistantes dos puntos. Y me jode en cierto modo, porque en ocasiones, todo lo que necesitas es tener fe. Aunque sea en uno mismo y en la exactitud de los números.

Porque en los folios sobre mi mesa, por ejemplo, la esperanza suele ofrecer un resultado exacto, aunque esté condicionada a un millón de variables. Y si se da el caso de que sepa sortear las trampas para acabar descubriendo qué encierra, me encuentro con que no es precisamente de color verde, si acaso azul Pelikan. El que me acompaña desde que me bajé del AVE y me monté en aquella bicicleta. Desde que me contaron que el secreto del éxito a veces no estribaba en tener, sino en parecer demostrar. No en aprender, sino en aparentar.

Y cuando reconozco en un espejo mis limitaciones veo que a veces no soy muy coherente, que no soy especialmente sesudo ni consistente. Veo que, de un tiempo a esta parte, soy incapaz de simplificar ciertos problemas convirtiéndolos en cubos, o cilindros, o esferas. O que ya no tengo la certeza de saber encontrar el camino entre un mar de pistas para terminar con un resultado entre cero y uno.

Tal vez lo que ocurre es que añore aquellos días, cuando la vida se resumía en escuchar profesores que ofrecían verdades inmutables. En que nos dedicábamos a resolver los problemas en la vida como en la escuela. Cuando todo lo que había afuera se resumía en aquellas breves lecciones de ciencias exactas.

Paolo Nutini - These Streets

frío

Hay días que te sientes pequeño. Muy pequeño. Días en que te quedan grandes los zapatos, y el cinturón, y el abrigo y el traje. Días en que te quitarías a tortazos la cara de muerto viviente. Si acaso pudieras.

Hay días en que todo lo que necesitas es una palabra. O dos. A ser posible no un “pareces triste”. A ser posible no un “lo siento”. Idealmente cualquier suerte de susurro ininteligible mientras unas manos dibujan la geografía de los silencios, con torpes trazos de crío, sobre unas manos, o una espalda, o una cara, o unos brazos. Hay días en que matarías por una conversación de miradas complices, por oir gritar tu piel al contacto con unos labios, o simplemente quedarte adormilado con el rumor de una respiración acompasada que descansa sobre tu pecho.

Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, cuando termina la jornada sólo queda calentar las manos en torno a una taza de caldo calentito y maquillarse de nuevo la sonrisa. Esa media sonrisa de las fotos. Y meterse en la cama y arroparse con el edredón. Y abrazarse a lo que haya más a mano. Y rezar todo lo que sepas para que eso que anda latiendo allá adentro, la máquina de sentir que tiene la mala costumbre de trabajar a todo trapo, no vuelva a levantarse mañana perezosa.

Para que no sea otro de esos días de invierno en que pasear por la calle tiritando entre la gente. Para no volver a amanecer y notarse por dentro muerto de frío.

Patty Griffin - Nobody is crying

equilibrio

Me sigue sorprendiendo que haya gente que diga que transmito algún tipo de fortaleza o serenidad. Entendedme. Cuando me miro al espejo sigo viendo a un niño gordito con la mochila llena de complejos. Tan inseguro como para que su jefa de estudios de bachillerato le insinuase que se pusiese a estudiar dos carreras y que se lo creyese. Tan poco sereno como para abandonar de golpe su camino de entonces e irse de la mano de aquella señora a estudiar algo de lo que no había oido hablar jamás.

Supongo que, a partir de entonces muchas cosas se torcieron, o, de cierta peculiar manera, se enderezaron definitivamente. Porque en la imposible soledad del sitio donde vivo desde entonces aprendí ciertos detalles. A interpretar el calor de las manos que te estrechan, o algunas miradas que se posan sobre uno. A reconocer los colores que surgen prestando atención a los aromas, o la música que encierran las gotas de lluvia que caen sobre tu cara. El peculiar sonido de los latidos impares o la magia que se genera en las conversaciones en la barra de un bar.

Quizá lo que cambia todo es que aprendí lo que era caer y acto seguido, cómo era eso de levantarme. O que traté desde entonces de mirar cara a cara (no desde arriba ni desde abajo) a victoria y derrota (vaya par de farsantes…). O que me di cuenta de que en la sociedad en que vivimos, la palabra fracaso está francamente sobrevalorada.

Y, pese a todo, agradezco los cumplidos, pero me conozco lo suficiente como para saber que soy el menos indicado para dar consejos, aunque sea sobre el equilibrio ;).

Patty Griffin - Burgundy shoes

rain

Patty Griffin - Rain

Mirando fijamente al sol.

You cannot run away from a weakness; you must sometimes fight it out or perish. And if that be so, why not now, and where you stand?
R.L. Stevenson

El problema de enfrentarte a tus debilidades es que suele resultar complicado hacerlo cara a cara. Y que cuando finalmente te decides a hacerlo, ya no valen las excusas que construiste como armadura las anteriores veces que caíste al suelo.

No hubo sorpresas agradables. He vuelto a morder el polvo. Y es cierto que no soy de los que se quedan abajo esperando que alguien les levante. Que trato de alzarme de nuevo, de no andar demasiado tiempo masticando el agrio sabor de la tierra. Pero tuve una vez un amigo que decía que la gente le tenía demasiado miedo a las crisis, cuando realmente una crisis es un momento que te ayuda a crecer.

Así que ando tratando de apartar las nubles que puedan tapar la luz. Todas las nubes. Tratando de mirar fijamente al sol. Hasta que duela. Hasta que ciego, tenga que mirar hacia dentro para averiguar qué es lo que tengo que cambiar para intentar arreglar lo que anda mal.

[U2 - Staring at the sun]

A pesar de todo

A veces el tiempo tiene una curiosa manera de jugarte malas pasadas. Como en esa tarde en que te encuentra buscando entre los cajones un cuaderno para llenarlo de fórmulas, y hace que te reencuentres en unas carpetas llenas de cartas y hojas sueltas, con palabras que creías perdidas. Y que acabes entendiendo la sensación de los héroes de ciencia ficción que regresan al pasado para encontrarse con ellos mismos.

Porque una sonrisa te sube a los labios cuando lees aquellos intentos vanos de darle forma a los sentimientos a partir de un puñado de letras. Y tienes una pizquita de vergüenza al recordar los torpes endecasílabos bailando al compás de unas rimas sin alma. Y te sientes otra vez indefenso al recobrar la memoria de un niño ofreciéndole a una niña todo lo que tiene (un corazón pequeñito que palpita) en el hueco de sus manos, para ver de nuevo, desde fuera y a cámara lenta, la imagen repetida de una despedida.

Y aunque ahora ya sabes que las palabras sobre ciertas cosas sólo tienen sentido si envuelven una mirada o una caricia. O que intuyes que lo importante no es hacer un puzzle con letras que encajen, sino pensar en quién las leerá y cómo podría mecerse a tu ritmo. Ahora que sabes que eres más y mejor cuanta más y mejor gente te rodea. Y que es así como ganaste alguna que otra batalla en la guerra contra la soledad. Ahora que has cambiado y no te arrepientes del tipo en el que te has convertido.

Justo ahora, encuentras la chispa de un brillo conocido en esa sonrisa gastada de tu milonga de andar muerto. Y a pesar de todo (o justamente por eso) te apetece dar un paseo junto a un tipo triste en el mp3, y sentarte en un banco a juntar cuatro palabras en un papel o tratar de dibujar los ojos de esa niña que asoma su naricilla traviesa por encima del cuaderno y acaba sentándose a tu lado.

Me basta así

Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.

No, no es un poema cualquiera de un día más. Es una despedida. Esta noche habrá una estrella menos en el horizonte.

Por todos a los que alguna vez nos pusiste la carne de gallina, descansa en paz.

Todas las veces

Como un niño vago y descuidado. Como un mal estudiante. Como aquel que todo lo hace en el último momento. Así me pilla siempre el 5 de enero. Redactando mi particular carta a los reyes magos.

Y en cierto modo tengo suerte, porque no me hacen falta demasiadas cosas para pintarme la cara (todavía recuerdo aquel peluche en mi peor momento…). Así que, aparte de escribir que quiero una pizquita de suerte (o un camión, según se mire) para la reválida de la semana que viene, no sé qué más decir, o cómo ponerlo. Y convengo en abrir un poco los ojos para ver los escaparates de lo que me rodea. A ver si me ayuda a decidirme por algo.

Y leo a las chicas más lindas de la película (yo hablo con conocimiento de causa… que he visto fotos :P). Y hablan de soledad teñida de rojo, y de desamor, y de los secretos del tortuoso dios de las pequeñas cosas. El poeta de la guitarra (no me preguntes por qué, pero siempre te imagino junto a la guitarra de tu particular mantra contra el dolor) lleva tiempo cantando sobre los rescoldos que quedan tras dejar la casa en llamas. La niña de la sonrisa triste sigue luchando su combate particular desde el día de inocentes. Y en los retazos de existencia que deja una mujer de nombre élfico se respira un poso de amargura.

Para colmo me da por encender la tele y una anciana de pelo blanco le susurra al micrófono que lo único que les pide a los reyes magos es que su marido la siga queriendo igual que ella le quiere a él.

Y este niño (la noche de reyes todos volvemos a ser pequeñitos) rompe su carta. Porque comprende que, lo de pedir un rayito de luz para todos los que andan por ahí cerca es muy ñoño. Y ya se ha escrito muchas veces.

Quizá todas las veces.

(en mi particular “resaca” de los 27 tacos, un abrazo muy muy fuerte, y muchas gracias a todos)

Entradas antiguas »